Mientras leía un poco por encima los titulares de la edición electrónica de El País, me he encontrado con una noticia curiosa, cercana a la ridiculez diría yo.

La noticia se resume en pocas líneas. Una iglesia protestante de Fuenlabrada paga la publicidad de algunos autobuses con el eslogan “Dios sí existe. Disfrute de la vida en Cristo”.

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 Todo ello con el único motivo de contrarrestar una campaña lanzada por un grupo de ateos en Londres, que fue copiada al poco tiempo en Barcelona, en el que invitaban a disfrutar de la vida sin pensar en el pecado, y cuyo eslogan dice “Probablemente, Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”.

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 Independientemente de mis creencias, tanto por un lado como por otro, me parece un poco fuera de lugar mezclar religión con publicidad y marketing. No creo que sea una cuestión por la que se deba de pujar públicamente para hacerse con más fieles o detractores, por hacerse notar aún más en la sociedad, por esa lucha continua entre los creyentes y los ateos, lucha sin cuartel, la cual tiene muy poco sentido para mí. Cada una debería de defender sus principios, sus ideales, sus creencias y que cada uno de nosotros elijamos libremente si creemos o dejamos de hacerlo, pero en este caso me parece más excesivo el abuso de poder por parte de la Iglesia, la cual sigue entrometiéndose en asuntos políticos de la nación española en particular.

Por otro lado, me cercioro cada día más del poder que tiene la publicidad sobre la sociedad, en este caso, hasta el extremo de creer que por publicitarse en un par de autobuses de Madrid van a ganar fieles a la causa, a cualquiera de las dos que nos atañen. La publicidad es capaz de crear tendencias, estilos de vida, filosofías, sueños, utopías y otros muchos sentimientos que nos embaucan cada vez que vemos, por ejemplo, el coche de nuestros sueños por televisión.

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Hace unos pocos días, me encontré con un mercadillo ambulante en el centro de Granada, estuve echando un vistazo y decidí comprarme un palestino, “kuffiya” o “kefia”, un pañuelo de estos para abrigarse que todo el mundo conoce, y que a priori, parece una simple prenda de vestir, pero por desgracia la gente tiende a darle un sentido ideológico a todo lo que llevamos, y personalmente, no me parece justo, porque en ocasiones podemos equivocarnos al preconcebir una idea.

El pañuelo palestino o kufiya, prenda que identifica a la resistencia de este pueblo contra Israel y que ha sido convertido en emblema por, entre otros, el fallecido dirigente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Yasser Arafat. La prenda, normalmente blanca y con un sencillo estampado negro o rojo, se hizo extensible a todos los simpatizantes con la causa y más adelante, señal de inconformismo, para derivar en la actualidad en un útil accesorio de la última moda, que lo sitúa en la escala familiar del chal y el foulard.

En la actualidad y tras algunas preguntas a gente que lo suele llevar, recalcan que lo llevan como forma de alzar la voz por la libertad, y tan sólo por eso, sin fines políticos, aunque seguro que otra gente lo lleva con este fin.

Esta pequeña introducción viene porque, por casualidad, leí en un periódico nacional que en EEUU han obligado a Dunkin´ Donuts a retirar un anuncio porque la protagonista aparece con un palestino. En las imágenes se ve a Rachael Ray (celebridad de la televisión estadounidense) anunciando café helado con la dicha prenda al cuello.
Tras el lanzamiento del anuncio, las protestas no tardaron en llegar, denunciando que la marca apoya el islamismo extremista, incluso algunos medios conservadores han cargado duramente contra la presentadora de televisión.

Finalmente Dunkin´Donuts dice que Rachael Ray eligió llevar esa prenda y por otro lado, reconoció la posibilidad de malinterpretar el anuncio y por eso acabó por retirarlo.
Esto demuestra, una vez más, el tremendo alarmismo que aún reina en EEUU tras los atentados del 11-S y la xenofobia hacia el mundo islamista en general y todo lo que tenga relación con él.

Creo exagerado esta alarma social, este histerismo a que en cualquier momento cualquier árabe vaya a atentar de nuevo contra alguno de los edificios emblemáticos del país, y todo esto llega hasta el extremo de censurar todo lo que pueda recordar a aquella masacre. Incluso afecta a una de las principales inversiones de cualquier empresa, la publicidad, y ello denota que aún la sociedad estadounidense no ha superado aquellos trágicos acontecimientos, se delata a sí misma, y eso creo que la hace más débil a ojos de los demás, y no creo que esa quiera ser su intención.

De esta manera no creo que la sociedad en la que vive el norteamericano medio avance en libertades, en derechos, sino todo lo contrario, está recorriendo camino a la inversa, volviendo a tiempos en los que estas no existían o estaban muy mermadas.

 

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