Mientras leía un poco por encima los titulares de la edición electrónica de El País, me he encontrado con una noticia curiosa, cercana a la ridiculez diría yo.
La noticia se resume en pocas líneas. Una iglesia protestante de Fuenlabrada paga la publicidad de algunos autobuses con el eslogan “Dios sí existe. Disfrute de la vida en Cristo”.
Todo ello con el único motivo de contrarrestar una campaña lanzada por un grupo de ateos en Londres, que fue copiada al poco tiempo en Barcelona, en el que invitaban a disfrutar de la vida sin pensar en el pecado, y cuyo eslogan dice “Probablemente, Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”.
Independientemente de mis creencias, tanto por un lado como por otro, me parece un poco fuera de lugar mezclar religión con publicidad y marketing. No creo que sea una cuestión por la que se deba de pujar públicamente para hacerse con más fieles o detractores, por hacerse notar aún más en la sociedad, por esa lucha continua entre los creyentes y los ateos, lucha sin cuartel, la cual tiene muy poco sentido para mí. Cada una debería de defender sus principios, sus ideales, sus creencias y que cada uno de nosotros elijamos libremente si creemos o dejamos de hacerlo, pero en este caso me parece más excesivo el abuso de poder por parte de la Iglesia, la cual sigue entrometiéndose en asuntos políticos de la nación española en particular.
Por otro lado, me cercioro cada día más del poder que tiene la publicidad sobre la sociedad, en este caso, hasta el extremo de creer que por publicitarse en un par de autobuses de Madrid van a ganar fieles a la causa, a cualquiera de las dos que nos atañen. La publicidad es capaz de crear tendencias, estilos de vida, filosofías, sueños, utopías y otros muchos sentimientos que nos embaucan cada vez que vemos, por ejemplo, el coche de nuestros sueños por televisión.
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