Hay noches en las que lo más entretenido que se te pasa por la cabeza es pararte a mirar cómo pasan los minutos muy lentamente, tan lentamente que se hacen desesperantes en su transcurso, mientras te preguntas los miles de motivos por los que cada acontecimiento de tu vida tiene lugar, porque en este determinado momento y de esta forma; supongo que todo tiene un orden lógico que yo no logro entender por más que lo intento, y es muy fácil desfallecer en un intento inútil, pero lo peor de todo es saber que aunque tú esfuerzo no va a tener recompensa sigues y sigues.

En la inmensidad se pierde la decepción de mi propia imagen y no puedo cambiarla, porque no me topo con la senda que perdí hace ya tiempo, olvidé las migajas de pan, me las comí creyendo que no las necesitaría, pero tarde o temprano, todo se refleja con los primero rayos de luz de la mañana y se hace visible a cualquier mirada, y en ocasiones duele, se agarra dentro de ti y no te quiere soltar, dejarte libre para poder huir a otro lugar a empezar de nuevo una  historia en la que tú y sólo tú eres el protagonista, y en la que decides lo que se acontece.

Observas como todo cambia a tu alrededor, pero tu posición es la misma, no es céntrica, nunca lo ha sido, pero siempre la misma. Tal y cómo si estuvieses varado en una playa que no es la tuya, como si atracases en un puerto que desconoces o llegases a una estación de tren en el lugar más recóndito jamás concebido.

Tengo una brújula en mi poder y la capacidad de tomar una decisión, el inconveniente, que la brújula está rota desde tiempo atrás y que dudo, muy mucho, de mis decisiones, porque el porcentaje de acierto disminuye aún más a cada camino que elijo.

El momento se acerca porque me lo susurra el viento, lo huelo a cada instante y en cada lugar, sólo tengo la certeza de que debo salir de aquí y de que es necesario cerrar una etapa, archivarla en la carpeta titulada “para olvidar” y sacar del cajón del desorden esas pocas ilusiones que dejé aparcadas bajo un puñado de papeles insignificantes.